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6月10日

Escándalo en el estadio Luna Park de Buenos Aires.

 

     Doy las gracias a Juan Carlos Monedero (h) por permitirme reproducir aquí un texto suyo que me parece de indudable interés. Es éste:

    'Este viernes primero de mayo [de 2009] se realizará un acto público en el estadio Luna Park con la participación del Cardenal Primado, Jorge Bergoglio. El mismo estará a cargo de la llamada “Comunión Renovada de Evangélicos y Católicos en el Espíritu Santo” (CRECES). Fue la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) la que difundió, entre otros, la noticia.

     En ella se afirma que el grupo CRECES viene “reuniendo a cristianos de distintas denominaciones que comparten una misma experiencia carismática del Bautismo en el Espíritu Santo”. La frase entrecomillada de por sí no es un dechado de claridad, puesto que da por supuesto (cual verdad indiscutible) que aquello que diferenciaría a evangélicos y católicos consiste en una simple denominación, esto es, una cuestión de nombres. Es evidente que se busca sugerir que no hay obstáculos reales y difíciles entre ambas doctrinas, sino por el contrario una pura convención, una arbitrariedad nominal. Respecto de la mentada “experiencia carismática del Bautismo en el Espíritu Santo”, se esperaría una aclaración que precisara la atrevida frase, la cual -de ser formulada- conspiraría contra ese lenguaje elástico y flexible que permite con mayor facilidad ser admitido gustosamente por mayor cantidad de gente.

     De este nuevo intento, realizado ya desde hace años en este estadio, de aglomeraciones masivas e indiscriminadas de evangélicos y católicos –unidos en virtud de elásticas consignas y de un lenguaje equívoco y concesivo– se ha seguido para mí un grave escándalo, motivo por el cual escribo estas líneas, aguardando su amable publicación.

     Estos encuentros no pueden ser vistos con buenos ojos por ningún católico fiel. El efecto que tiene en los fieles es sencillamente perjudicial: al rezar y al orar juntos con personas que tienen una religión opuesta a la católica, el fiel católico comete primero un absurdo y segundo, una manifiesta injusticia. Un absurdo, porque tanto la recta razón como la fe sostienen la unicidad tanto de la verdad como de la religión verdadera, la cual no puede –por ser tal– admitir en su seno la contradicción ni la “doble verdad” que suponen otras religiones; pero además –y es en el fondo lo más grave– se trata de una gravísima injusticia para la Majestad de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, que en cumplimiento del mandato del Padre ha fundado la Iglesia Católica como “Columna de verdad en medio de los pueblos”, siendo todas las demás ‘iglesias’ una manifestación de lo que las cartas apostólicas denominan genéricamente como frutos de los falsos profetas anticristos.        

Que un católico rece en común con un evangélico supone, en síntesis, que la Revelación, los mandatos de Cristo y todas las diferencias que lo separan, no son lo suficientemente importantes como para impedir esta oración y celebración conjunta. Sin contar –y no es un detalle menor– que esa pretensión de encontrarse con otras religiones en un supuesto terreno común, sin abordar por el momento las cuestiones que separan, no es más que una manifestación del naturalismo religioso, del peligroso indiferentismo y del olvido de la primacía de la Gracia para la salvación.        

Orar en común con otras personas implica además el conceder una credibilidad, una autoridad y una procedencia aceptable a religiones que no son la verdadera y que son, por tanto, ajenas a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Es una injuria a Dios y a sus legítimos sucesores. San Jerónimo decía muy bien que “No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre”. Fueron los herejes los que quisieron desvincular a Cristo de su Esposa, alzándose con su ¡Cristo sí, Iglesia no!, negando la clara enseñanza de los Padres de la Iglesia.

     Si los católicos, olvidándose de la fidelidad a su Bautismo y a su fe, rinden culto no ya al Dios verdadero sino a la tolerancia interreligiosa, al indiferentismo y al naturalismo, cometen -como hemos dicho- una gravísima injusticia para el Señor Nuestro Dios.        

Fue providencial que, entre otros, el mismísimo pontífice Pío XI, el 6 de enero en 1928, diera a conocer esta encíclica tan olvidada: “Mortalium AnimosAcerca de cómo fomentar la verdadera unidad religiosa”. No escapaba al Vicario de Cristo que iban gestándose grupos pseudo religiosos que pretendían la unidad de católicos y no católicos, no por la deseada conversión de quienes están fuera de la Iglesia, sino por la confusión y la mezcla de las doctrinas de unos y de otros.         

Predicando la fraternidad, buscaban aguar el vino del Evangelio con la sucia agua del mundo.        

Alegando tolerancia, desdibujaban el contorno y los límites de las realidades y de las cosas.

     Buscando imprudentemente una unidad, en algún terreno, a toda costa, terminaban impidiendo a las inteligencias el ser llevadas, por el poder evocador de las palabras, a las cosas, a la realidad, a la verdad. La palabra es violada por quien, al pronunciarla, ya no lleva a los hombres al conocimiento de su significado original, confundiéndolo en la anarquía de voces y en la orfandad de contenido.

     Tal es el efecto producido por estos actos interreligiosos –y no son los únicos–, que en la práctica desemboca en un alejamiento de la verdadera palabra de Nuestro Señor, tan ajenas a la demagogia y al facilismo.

     Es por esto, pues, que el Pontífice hablaba de una verdadera unidad religiosa, fundada en la verdad y en su primacía, y de una falsa unidad religiosa, sostenida en palabras halagadoras y demagógicas, más propias de los sofistas que de los sucesores de los apóstoles.         

Defender la Revelación católica tal como la Iglesia nos ha enseñado no es, como se dijo en encuentros interreligiosos anteriores, “privatizar el Evangelio” ni “privatizar el nombre de Jesús”. Aquí no se trata de privatizar o socializar –términos demasiado mundanos para referirse a una realidad sacra–, se trata de ser fieles a la verdad y al testimonio respecto de “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida” (1 Jn, 1.1).

     Podemos llenarnos la boca de “el nombre de Jesús”, pero todo eso será infructuoso si en la práctica desdibujamos las exigencias y borramos los límites de la verdad, traicionando esa pureza de lenguaje y de pensamiento que nos fue pedida por Nuestro Señor, cuando dijo que “Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno”.

     Terminemos estas sencillas líneas pidiendo a Dios que nos dé la gracia para ser fieles al Evangelio, dándolo a conocer íntegramente, sin recortarlo ni reescribirlo a gusto del hombre de hoy, sino –por el contrario– buscando elevar a ese hombre, convocándolo por lo más alto, noble y genuino en él, exhortándolo a descubrir la verdad de la Iglesia y de Cristo, encendiéndolo en el amor de la virtud y el heroísmo.

     Asimismo, pidiendo por la lisa y llana abolición de estos escandalosos encuentros “interreligiosos”, cuyos únicos efectos son la descristianización de la sociedad, la parálisis del apostolado y la cómoda indiferencia de parte de los católicos para los que no se encuentran incorporados plenamente a la Iglesia.

     Que nuestro apostolado no consista en distraer al hombre de hoy con palabras y gestos nuevos –propio del tristemente vigente aún "pernicioso afán de novedades" del que hablara León XIII– sino que consista en enseñarle aquel lenguaje antiguo que el peso del pecado, del tiempo y del entretenimiento disociador han ido sepultando en él; aquél verbo preciso y contundente en el que las palabras significan cosas, manifestándose así la verdad que su corazón anhela, la verdad para la cual su inteligencia está adecuada. Cristo, que es el Verbo Increado y el Verbo Encarnado, sea el garante de esta pureza de palabras y de significados.

     Que el hombre de hoy reciba de nosotros, católicos y argentinos, el mensaje de que Cristo es la verdad, el camino y la vida; que sepa entonces que la verdad no puede ser más que una, que no existen simultáneamente muchas formas opuestas de rendir culto y de agradar a Dios.

     En el libro del Éxodo, como precepto directo a su pueblo, ha quedado dicho: “yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso”. Si los fieles debemos ser como el Padre, debemos asimismo arder en ese celo por la casa de Dios, celo que lo consume todo. No toleremos el lenguaje ambiguo ni las concesiones propias de la sofística. Hablemos con la claridad y demos testimonio de la Verdad que hemos visto y oído –sin pensar en mezquinos cálculos de probabilidad o interés–, pues el Eclesiástico nos ha exhortado para siempre, diciendo:

     “Lucha hasta la muerte por la verdad y el Señor Dios luchará por ti”'.  

Juan Carlos Monedero (h)

Más claro, imposible. 

Gracias, Juan Carlos.

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